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LA VIDA COMO CAMINO A UNA REFLEXIÓN VISUAL

Sergio Berlioz

A modo de introducción

Mi primer encuentro con la señora Patricia Fabre se dio a mediados de los años noventa y desde entonces ha sido mi alumna de forma más o menos constante. Conozco a la familia Regordosa desde que comencé a visitar Puebla en 1992 como maestro en la Universidad de las Américas. Es gente a quien tengo en la más alta estima y respeto. Una familia trabajadora y educada.

A mediados de 2009, la señora Fabre me obsequió un disco con algunos de sus trabajos para que le diera mi opinión, pero me resultó muy difícil hacerlo a través de un video, que además no mostraba más que parcialmente lo que después presenciaría, así que visité su taller. (Debo decir que a pesar de mi formación como músico, mucha gente me ha pedido opinión acerca de sus trabajos plásticos y literarios.) Cuando llegué a su estudio, confirmé que ninguna reproducción podía emular la obra franca, personal, honesta y emocionante que tenía frente a mí, y así se lo hice saber. Aquí inició el proyecto que culmina con las presentes reflexiones sobre su vida en relación con su obra.

Nada de lo que yo había conocido de esta familia —las buenas maneras, esa educación de la que hacen gala los Regordosa— podría anunciar el delirio del laberinto y sus habitantes que tenía frente a mí en esa primera visita al estudio de la señora Fabre: era un espacio donde la libertad de expresión alcanzaba una altura conquistada a través de años de aprendizaje y reflexión madura, y daba como resultado una obra acabada, personal y propositiva, que expresa un rico mundo interior coherente con su propia lógica, orgánico en su plasticidad, que le da posibilidades de seguir creciendo. Era el sueño de todo artista: tenemos una obra de arte que habla en primera persona, y yo parado ante esta criatura y a mi lado su autora, moderadamente aprensiva esperando que dijera algo: “Me gustaría mucho su opinión, maestro Berlioz. Su opinión”. Fue un duro golpe que me acompañó a lo largo de los siguientes días. Cuando una obra de arte comienza a formar parte de uno, es que algo vivo habita y habla, por lo que no podría callar sino compartir esta dicha, razón del presente libro.

Le pedí a la señora Fabre que buscara sin dilación otras opiniones más autorizadas que la mía y cuando llegó el turno de Germán Montalvo, Ramón Almela, Montserrat Galí y, más tarde, por medio de fotografías de alta calidad, de Lily Kaffner y una visita que le hicimos a Leonardo Nierman en su estudio en San Ángel, sólo pudimos confirmar que mis impresiones no carecían de base: estábamos frente a una obra sólida que merecía hacer el esfuerzo de su difusión a los cuatro vientos.

El siguiente texto, a medio camino de la entrevista y el reportaje, se realizó en el estudio de la artista los días 5, 12 y 19 de julio de 2010. Las palabras textuales de la artista aparecen siempre entre comillas; todo ello con la intención de dar a conocer el transfondo biográfico de su singular obra creativa y generar reflexiones sobre la vida y el arte.

Primeros pasos por el mundo

La biografía no siempre puede arrojar información importante a la hora de explicar la obra creativa, y esto parece menos probable en el caso de una producción pictórica donde prevalece lo abstracto. Pero si observamos con atención la obra de Patricia Fabre, existen indicios importantes de su vida para percibir dos cosas fundamentales: elementos figurativos y simbólicos familiares fuertemente afincados entre el entramado de sus componentes y la inmediatez del gesto acorde con la personalidad de la artista. También cabe resaltar la ausencia de una vida agitada o dramática, muy solicitada en la extravagante búsqueda de los “hurgadores de basura”, como dice el escritor checo Milan Kundera, para crear una biografía morbosa. Ese aspecto, el familiar, la sólida y tranquila vida que solamente ha sido sacudida una vez hasta los cimientos por la tragedia de uno de sus hijos, contrasta con una obra pictórica de expresiva fuerza centrífuga.

Había una vez una familia que vivía una vida “muy feliz y tranquila”, llena de momentos gratos. Un padre singular y trabajador, muy, pero muy querido por todos; una madre con un carácter práctico que resolvía todo armoniosamente y que decoraba la casa a partir de la intuición, con un buen gusto digno de asombro, y hasta se daba tiempo para hacer arreglos florales que ganaron numerosos concursos; cuatro hijos estudiosos que se han llevado bien toda la vida y que jamás han discutido entre ellos… No, no, y mil veces no. Así no puede iniciar un libro serio de una pintora que disloca a quien observa su trabajo. Pero tal era el ambiente familiar de Patricia Fabre en sus años formativos, según sale a la luz a partir de testimonios y documentos que conforman cartas, fotografías y recuerdos familiares que incluyen hasta los trofeos de la madre, por lo que deberíamos dar apertura a esta historia que busca en la biografía razones sociológicas para entender algunas causas de una obra que se basa en lo familiar, lo cercano, lo entrañable, por más aparentemente abstracto que sea la obra pictórica citada. Y por ello, cuando me dice la señora Fabre que “al pasado no le presto mucha atención” y veo en su obra infinidad de coqueteos con lo entrañable, no puedo más que seguir adelante, porque el pasado en el presente sí que está ahí, pero oculto, reflexionado y sublimado, no tiene nada que esconder, todo está ante nuestros ojos. La obra de Patricia Fabre es lo entrañable, sublimado y transitado en laberintos.

Los orígenes remotos de los Fabre nos hablan de una genealogía muy antigua donde emergen algunos nombres de personajes vinculados a las artes y al pensamiento: El apellido Fabre tiene su origen en el latín faber, que quiere decir “obrero” (de ahí a homo faber, “operario de fábrica”, en español), del que varía a Fabra, Faura y, posteriormente, al provenzal Faure, y de ahí al francés Fabre y a su variante Fauré, muy cercana al Fevre, que quiere decir herrero en francés antiguo. La familia pues viene de un linaje que se puede rastrear por lo menos desde el siglo xii, donde encontramos a Jaime Fabre, autor de la cabecera poligonal con girola y las capillas radiales de la Catedral de Barcelona en 1317; así como en la ciudad de Montpellier, fundada en el siglo xiii, al sur de Francia, está el Palacio Fabre, hoy importante museo con una bella colección de cuadros franceses y su jardín botánico, el más antiguo de Europa, que data de 1593. También debemos señalar al célebre naturalista y entomólogo francés Jean Henri Fabre (1823-1915), cuyos estudios sobre la vida de los insectos siguen siendo un punto de referencia y que Darwin, en su fundamental libro El origen de las especies, cita en el capítulo iv sobre la selección natural. Todo ello habla del oficio que profesaron los primeros Fabre en los incipientes burgos del sur de lo que sería Francia y de la Península Ibérica y su participación a lo largo de los siglos en relación con las bellas artes y el pensamiento.

Pero aterricemos ya en los antecedentes directos que tienen un significado en la obra de nuestra artista. El abuelo de Patricia Fabre, Jean Batiste Fabre Ricaud, nació en el poblado francés de Tournoux, en medio de los Alpes, de quien se cuenta que tenía un particular don para con sus semejantes, a quienes los hacía “próximos”. Él llegó a México alrededor de 1886 y fundó la tienda “Las Fábricas de Lyon”, que más de cien años más tarde continúa funcionando y es atendida por un nieto de Jean Batiste, ahora castellanizado como Juan Bautista Fabre.

Uno de sus hijos heredó este gusto por la gente y por ver más allá de lo aparente. Se trata de José Fabre, el padre de nuestra artista. Esta búsqueda se encuentra en la vida y, sobre todo, en la obra de Patricia Fabre, quien recuerda que a su padre le gustaba “ir al fondo” de lo que le contaban aquellos a quienes llegaba y, al mismo tiempo, “ponerse en el lugar del otro y comprender”. “Mi papá, José Fabre Cerecero (ciudad de México, 1912-1976), comía porque tenía que vivir, trabajaba porque tenía que trabajar. Para él, el ser humano era bueno y debía de disfrutar lo que tenía. Fui aceptada por el mero hecho de ser su hija. Nunca lo vi enojado o sulfurado, sólo se enfermaba cuando nos casábamos. Era un hombre tranquilo y muy buscado por la gente que gozaba de su compañía. Como un buen idealista, la gente le agradaba sobremanera. Mi papá ‘tenía un algo’, él era José Fabre, ‘el bondadoso’, con el don de escuchar, ayudar moral y hasta económicamente”. Equilibrado, en el justo centro de las cosas, su opinión dio mucha luz a quienes lo rodeaban. Nada lo escandalizaba. José Fabre vivió feliz, rodeado de su familia y murió (de un aneurisma) como había vivido: riendo durante una reunión familiar.

La mamá de nuestra artista fue Matilde Riojas (1917-2001), quien era más realista, equilibrada y práctica. Para ella, la vida tenía que estar resuelta y fue el justo equilibrio entre el soñador y amigo de la humanidad y el mundo que era su marido. Nacida en Piedras Negras, Coahuila, y huérfana a los tres años de madre, ella y su padre se mudaron a Laredo, Texas, donde encaró la vida con todas sus aristas, ya que en su infancia y adolescencia se enfrentó a una situación económica modesta, quizás esto explique un poco la personalidad resuelta que la caracterizó. Pero no todo era blanco o negro para Matilde Riojas, tenía un gusto innato por lo bonito y aprendió cómo decorar una casa, pero sobre todo a hacer arreglos florales. Merecedores éstos últimos de numerosos premios, como el del Círculo de la Flor —un club de arreglos florales al que pertenecía—, y por quince años, a partir de 1956, ganó la Copa Excélsior.

La familia formada por José Fabre y Matilde Riojas, quienes se casaron en la ciudad de México en 1936, estaba integrada por cuatro hijos: Susana, cinco años más grande que Patricia; Juan, quien le llevaba tres años y que murió en 2007; Patricia y, finalmente, Matilde, a quien nuestra artista le lleva cinco años y medio. “Vivimos en el edificio Condesa y después en la colonia Del Valle”. Y aparece la herencia de su padre en una infancia libre y suave que marcará toda su vida: “Me encantaba estar con gente, jugando en la calle, era feliz, feliz”.

Esta fraternidad iba más allá de la tradicional estructura familiar. Se trataba de una auténtica amistad entre hermanos e incluso se incrementó con los años y esto se ve reflejado en el armonioso comportamiento de los “personajes visuales” que aparecen en casi toda la obra de Patricia Fabre: “La relación con mis hermanos, con quienes nunca he tenido mayor altercado en la vida, alcanzó toda su amplitud después de casada. Mis papás nos inculcaron querernos. ¿Y cómo lo lograron? Siempre en la casa nos demostraron amor, nos sentimos queridos por igual todos, sin hacer jamás comparaciones. Probablemente tenían expectativas, pero nos transmitieron que por lo que nos querían era por nosotros mismos, no por lo que hiciéramos. No fomentaron la competencia y alentaron a no juzgarnos. Todo esto creo que hizo que como hermanos nos quisiéramos, nos comprendiéramos, nos apoyáramos, nos perdonáramos. Fuimos educados con amor y libertad. Eso lo continué con mis hijos”.

Algunos datos de sus memorias estudiantiles arrojan indicios de lo que serán los rasgos de la personalidad de Patricia Fabre: Estudió en el Colegio Francés Mayorazgo los primeros cuatro grados de primaria, donde todo era “muy estricto, pero como era una alumna aplicada, sin ser matada, nunca fui amonestada”. La música, presente también en sus “polifónicas” telas, estaba activa en el colegio, pero “había un coro al cual no pude entrar por desafinada”. Dentro de las materias escolares resaltan su gusto por la lógica aritmética y el álgebra, pero también recuerda nuestra artista otra en particular, que hasta hace poco era importante en la educación básica: “La caligrafía no me gustaba”, reconoce, “pero al final me fue muy útil para mi trabajo creativo”. Posteriormente continuó en el Colegio Francés de San Cosme, donde concluyó la primaria. “Las monjas más amigables, el ambiente más suave, fue un cambio muy agradable”. De ahí pasó a la Academia Merici, “donde estudié los seis grados de High School con monjas irlandesas y americanas. Sistema americano abierto, inglés. Aprendí a que uno se puede ‘divertir’, además de aprender”. Algo curioso pasaba cuando a Patricia Fabre le pedían la composición de un cuento y sus primeros brotes de ansiedad, que no son muy compatibles con una profesión creativa, pero que ameritan saberse por su método automático de trabajo posterior: “yo quería llegar directo al clímax y de ahí a la conclusión. Eso me dice muy claramente cómo soy yo”.

“Salí del colegio americano y continué tomando clases en diferentes instituciones: IFAL, Dante Alighieri, Instituto Mexicano-Norteamericano de Relaciones Culturales, Instituto de Intérpretes y Traductores. No recuerdo las cosas por falta de hechos significativos. Era una vida linda y plana. Al mismo tiempo, trabajé con mi papá en su negocio en el centro de la ciudad de México en la calle de Madero: ‘Las Fábricas de Lyon’, fundada por mi abuelo y donde se vendían artículos religiosos, e incluso di clases de inglés en el Colegio Regina en las Lomas de Chapultepec…, pero [de esta última actividad] salí desesperada, rápido, por impaciente. Poco después, viajé a los Estados Unidos y, posteriormente, a España con una amiga, en 1964”. Aquí su vida dio un giro.

La vida de una señora en sociedad

En ese viaje a España sucedió algo que cambiaría la vida de Patricia Fabre. Conoció a quien sería su marido: Luis Regordosa Valenciana. A ella le llamó inmediatamente la atención lo que este hombre estaba forjándose para el futuro: “Él es un líder de nacimiento, recto, emprendedor y con conciencia social. Él me ha dado apoyo y seguridad”.

Se conocieron en Barcelona en 1965, él ya como ingeniero textil. “Nos presentaron amigos comunes a las dos familias. El noviazgo duró dos años y medio. Al casarnos nos mudamos a la ciudad de Puebla, donde tuvimos tres hijos: Patricia, que se tituló en Hotelería; Luis Manuel, en Administración de Empresas, y Jaime, también en Administración de Empresas”.

Al morir el padre del señor Regordosa en 1972, él se encargó de su familia y, sumada toda la carga de su trabajo, le daba mucho tiempo libre a la señora Fabre, “dedicada al hogar”, a buscar y tomar diferentes clases. La apertura hacia un mundo más rico y estimulante fue parte de un definitivo impulso para emprender caminos que la llevarían más tarde a un trabajo creativo propio; mientras esto ocurría, durante los años ochenta y noventa fue reconocido el señor Regordosa como el segundo mejor embotellador de Pepsi-Cola en el mundo, en 1980, y en 1992, como el primero. Por ello, la señora Fabre pudo conocer a grandes personalidades como Richard Nixon, George Bush padre y al general H. Norman Schwarzkopf (comandante de las fuerzas aliadas en la Guerra del Golfo), entre otros; incluso encontró la oportunidad en uno de sus viajes de saludar a la madre Teresa de Calcuta. Su vida se estaba enriqueciendo con conocimientos, encuentros, experiencias y, sobre todo, sacando reflexiones que le serían de gran utilidad posteriormente: “viajes y experiencias interesantes”.

En 1990 tuvo el encuentro con una mujer singular que le habría de confrontar la existencia en todos sus extremos: Luz María Blanco, autodenominada “investigadora de la conducta humana”. Para Patricia Fabre, ella fue fundamental en su vida, porque “nos enseñó a pensar, a percatarnos de nosotras mismas como personas pensantes, individuales e independientes. Nos abrió nuevos horizontes y caminos inéditos. Nos enseñó a apreciar la vida de manera diferente. Descubrimos con ella nuestros potenciales y, al enseñarnos todo esto, encontré entre otros caminos el de la pintura, y a través de lo que aprendimos más las experiencias que vivimos nos despertó una sensibilidad que me ayudó quizás a encontrar el camino del arte”. Ella le dijo que tenía que descubrir una técnica propia en la pintura. Este fue el punto de partida para que llegáramos a la obra madura que hoy se yergue exultante ante nosotros.

El “taller” de la conducta humana estaba formado por un grupo de siete alumnas, “donde se hablaba de todo, todo, todo. ‘Eras tú’, no había juicios. Estuvimos cinco años ahí”. En el “taller” se sintió apoyada mucho más que en cualquier otro lugar. “Me llevó a cambiar o más bien a hallar esos nuevos caminos a través de los cuales me encontré a mí misma”.

Mientras todo esto se fraguaba en la mente de Patricia Fabre, la vida de los Regordosa Fabre venía a ser una continuación de la vida de trabajo, logros profesionales y una vida familiar unida y sana, con las reuniones familiares en diferentes fechas como la Navidad, salidas con amigos muy queridos, como lo había sido con la propia familia de los padres de la señora Fabre, pero algo ensombreció el panorama y afectó la vida de esta familia feliz: la muerte de su hijo. Luis Manuel tenía 22 años cuando falleció en 1992. Poco antes, en agosto, estuvieron en las Olimpiadas de Barcelona. De regreso en México, a mediados de ese mes, Luis Manuel comenzó a tener gripas aisladas (estaba terminando su carrera en la Universidad de las Américas, en Cholula, Puebla). Un día se puso muy mal, lo internaron con un cuadro de neumonía y al día siguiente murió. Así de absurda, sorda y brutal llegó la noticia. No se pudo hacer nada para evitarla.

La muerte de un hijo es algo devastador, irreparable y muchas veces insuperable, pero también da la posibilidad de reflexionar sobre el valor de la vida y la tajante muerte. Para la madre de Luis Manuel, su desaparición representó una ruptura de aquella existencia pacífica y sin dramas personales. Se replegó en sí misma para superarlo y seguir adelante.
Pero como si esto no fuera suficiente, pocos meses después de la muerte de Luis Manuel, en febrero de 1993, se enfermó de gravedad su hijo menor Jaime y mientras la madre cuidaba de su hijo enfermo, su hija Patricia presentaba su examen profesional al que, muy a su pesar, nuestra artista no pudo asistir. Dios de alguna manera compensa: unos años más tarde Patricia se casó con Víctor Mata, y dio a la luz a Gala, Remei, Arnau y Laia. Luego se celebró el matrimonio de Jaime con Marisol Martínez de Castro, cuyos hijos son Ferrán y Borja, todos ellos muy queridos y muy presentes en la expresión pictórica de su abuela, que a ninguno ha dejado fuera de su legado artístico.

Los dolores y las alegrías familiares la fortalecieron como persona y abrieron las alas de la artista: sólo tenía que pulir las herramientas para darle cauce.

Cuando la pintura se transforma en una forma de vida

Las pinturas en serie de Patricia Fabre son presencias vivas. Cada obra es inmediata, representa a personas queridas, familia cercana en numerosas ocasiones, pero representarlas así es una forma de encubrir la identidad, para revelar una nueva personalidad, una lectura sublimada más allá de las apariencias. ¿Cómo inició el camino a la pintura? Comenzó con la pintura en porcelana en 1990 y continuó con este oficio a lo largo de cuatro años; poco después aprendió a hacer repujado en lámina de estaño y se mantuvo ocupada en ello durante otros cuatro años.

En 1995 conoció a la madre Margarita González Tizcareño, quien fuera secretaria particular del cardenal Miguel Darío Miranda y posteriormente del cardenal Corripio Ahumada. Con ella tomó clases de historia, filosofía y Biblia. Gran amiga que ha tenido una influencia significativa en la vida y la obra de nuestra artista. Desde entonces fue ella la persona más cercana a Patricia Fabre en épocas difíciles, quien “me aconsejó, me acogió, me dio de su tiempo, me brindó su amistad”.

Finalmente, en 1998, incursionó en una técnica que la colocaría en la posibilidad de expresarse artísticamente: la pintura al óleo, pero siempre evitando —esto sí es singular— lo figurativo, dando inicio a una lectura personal de la realidad que la rodea y se vislumbra ya el camino que seguirá y que le es propio: lo abstracto. “Lo figurativo simplemente no se me antojaba”, señala Patricia Fabre, enfáticamente. Aquí comienza a entrever su estética y el maestro Francisco Ibáñez será su guía a lo largo de año y medio de estudio, hasta su trágica muerte: “Le debo a él haber tomado un pincel y haber encontrado el gusto por pintar”.

Después de su etapa con Francisco Ibáñez, pasó a la acuarela con Ángeles Couoh, con quien estudió a lo largo de cinco años. Patricia Fabre comenta de esta etapa: “Ángeles me enseñó a ser libre, a no tener miedo y a experimentar”.

Ya a estas alturas de su vida, Patricia Fabre comenzó a necesitar un espacio propio: “Ya no podía pintar en la casa, necesitaba un taller; yo necesitaba seguir pintando más y más…, pero en mi propio espacio”. ¿Pero cómo reaccionaba el señor Regordosa ante la obra de su mujer y el mundo que despertaba? “Con sorpresa, asombro. No esperaba esto”. La apoyó, como siempre, y el espacio llegó en 2004: había sido un despacho para arquitectos, con excelente luz y resultó en su primer momento demasiado grande para ella, así que organizó un Taller de Creatividad dictado por Carmina Williams, donde dio inicio a un pequeño círculo de amigas que la frecuentaron, entre ellas, la fotógrafa Gloria Pavón y Susana Río, y fueron testigos de sus iniciales obras maduras. Ellas fueron unas de las primeras personas que entrevieron que la labor de Patricia Fabre estaba más allá de un simple entretenimiento al ver los inicios de su obra creativa. A partir de este momento, la artista plástica Patricia Fabre no se detendría por nada, y a su taller llega devorada por una fiebre creativa que desboca en dilatadas jornadas de trabajo. “Si no puedo estar menos de cuatro horas no vengo al estudio. Llego a él ansiosa, quiero pintar sin perder tiempo”. A partir de este momento, su trabajo comienza a tomar forma y a hablarnos con sus propios medios. La vida de Patricia Fabre se ha transformado en su obra.
Que hable ahora ésta.