© Copyright 2011 | Patricia Fabre | Contacto
PRESENTACIÓN

Montserrat Galí Boadella

He aquí un libro de arte distinto. No busca vender ni lograr el aplauso, sino compartir unos años de trabajo intenso y fértil. Presentar la oSbra de Patricia Fabre es justo y necesario: porque su trabajo es serio y valioso, desde el punto de vista artístico, y porque ocupa, sin duda, un lugar importante en el panorama de la actividad plástica en Puebla. Su creación es callada, constante, rigurosa y fértil. Algo insólito en este mundo de la exhibición y el ansia de triunfo.

Dos cosas sorprenden al valorar la obra en un conjunto amplio: la madurez tan rápida que adquiere y la sabiduría que esconde. Se nos dirá que es cosa de la edad. Yo diría que es cuestión de unas dotes artísticas innatas que estuvieron esperando su desarrollo y de una pasión por la pintura que incubó pacientemente.

Recuerdo las clases de historia del arte en las que participaba Patricia Fabre, hace ya algunos años. Siempre me llamaban la atención sus comentarios agudos y acertados sobre problemas estrictamente pictóricos. Era evidente que no se fijaba en los temas de la obra o en las circunstancias que la rodeaban. Iba directo al problema artístico. Tenía idea de que tomaba algunos cursos de pintura, pero era notable que Patricia poseía una visión crítica y analítica de los problemas del arte y que sus cuestionamientos no eran ocurrencias sino producto de una reflexión que se asentaba en los libros de arte y visitas a los museos. La decisión de dedicarse a la pintura llegó tarde, de acuerdo con los parámetros actuales, en los que todo lo joven se valora como una virtud indiscutible. El "arte joven" es una marca que vende.

Pintar sin más compromiso que el de realizar un trabajo honesto que produzca una satisfacción personal ha sido y es el ideal de todos los artistas desde que pudieron emanciparse de los patronos y mecenas. Pocos lo han conseguido, porque a los patronos los sustituyeron las galerías y los críticos de arte, en resumidas cuentas, el mercado. Entre los bienaventurados que pueden pintar al margen de estos condicionamientos está Patricia Fabre, y, desde luego, eso se nota. Así, puede darse la libertad de hacer una pintura personal sin rendir tributo ni a las modas ni a los mercaderes del arte.

Otra sorpresa de la pintura de Patricia Fabre es que no responde a lo que se espera de una pintura femenina. La presencia de elementos familiares, de caras infantiles, que sabemos que son sus nietos, no la lleva a concesiones sentimentaloides. Su mundo familiar y su entorno personal alimentan, sin duda, los referentes figurativos de su obra, pero lo hacen de una forma rotunda, sin afeminamientos. Así, por ejemplo, no hay temáticas fincadas en la figura, o en la naturaleza, o en la vida personal, recurrentes en el arte y la escritura de mujeres, aunque en su obra esté, sin embargo, su vida. Discretamente, la podemos adivinar.

En una reciente visita a su taller cometí un lapsus que refleja mi recepción de su obra: titulé "El hilo de la vida" a una de sus exposiciones. No, ese no era exactamente el título, pero esta es la impresión que me causa su trabajo de arabescos en negro sobre fondos de color. Estas líneas, trazadas con una seguridad enorme bajo su apariencia de casualidad, recuerdan desde luego el trabajo de Pollock o de Picasso, o de Dubuffet. Sin embargo, personalmente encuentro dos referencias: una el encaje o puntilla sobre una tela de fondo —referencia que provendría en última instancia del mundo femenino—; la otra, consciente o inconsciente, de un pintor que es base y fundamento de la pintura moderna, Gustave Moreau.

Moreau fue, como Patricia Fabre, un artista que vivió al margen de los compromisos comerciales. De hecho, se resistió a vender su pintura, que se conserva casi en su totalidad en su museo-casa de París. Ello le permitió dar un paso fundamental en el desarrollo de la pintura occidental, que fue disociar el color de la línea. Trabajarlos de manera independiente. No por casualidad Moreau influyó en artistas como Dufy y el propio Dubuffet. Moreau realizaba sobre sus pinturas una suerte de pantalla de sutiles líneas y arabescos, como una caligrafía personal que, aunque aparentemente remedaba o copiaba algunos elementos del fondo, en realidad tenía una vida propia. Patricia trabaja de una manera parecida: sobre un fondo generalmente monocromático va desenredando el hilo de la vida y nos lleva por un laberinto en donde se esconden —y a veces nos deja vislumbrar— algunos fragmentos de su vida.